Vivió en el siglo V autoexcluido del mundo. Oculto de la mirada de los otros construyó su pequeño hogar en las cuevas del monte Prefacio, cercano a Esparta.
Algunos lugareños le acercaban al pie del monte vasijas con arroz, frutas y agua y recogían a cambio piedras talladas con sus inspiradas reflexiones, resultado del insomnio y la abrumadora soledad.
Algunos lugareños le acercaban al pie del monte vasijas con arroz, frutas y agua y recogían a cambio piedras talladas con sus inspiradas reflexiones, resultado del insomnio y la abrumadora soledad.
No habló jamás con nadie, en cuarenta años sólo un campesino le escuchó gritar una vez - ‘¡Ya basta de arroz!’
Rescatamos en esta enciclopedia su obra más célebre, producto del desvelo y de la contemplación - casi obsesiva - de su propio ser.
Oda a Pelusa
Buscando mi centro, te encontré,
refugiada en la tibieza de mi cráter visceral.
Pelusa te llamé y entraste simplemente en mi existencia.
Me liberaste desde entonces, sin pensarlo,
de la profunda y oscura soledad.
Yo, sumergido en la entrañas de la tierra,
soy igual a vos, busco desaparecer de la gente
y de la cosas para poder ser.
Tu, pelusa de mi ombligo,
te enredaste tiernamente
y me brindaste tu minúsculo abrigo,
dándole la luz a las penumbras de mi mente.
Eres la perfecta compañía
para el hombre que busca su destino
añorada por mi, eternamente,
estabas tan cercana a mi intestino.
Pelusa de mi ombligo, yo te nombro,
de mis días y mis noches sos la dueña,
esencial como la peca de mi hombro,
necesaria como la lagaña del que sueña.
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